• Miércoles, 13 de Diciembre de 2017

Manuel Guerrero Cabrera (Lucena, 1980) es profesor de lengua y literatura, articulista y poeta; realiza desde la Asociación Cultural Naufragio una labor de difusión cultural y literaria en el sur de Córdoba y participa en Radio Lucena y Radio Atalaya con espacios literarios. Es autor de los poemarios El desnudo y la tormenta (2009), Loco afán (2011), El fuego que no se extingue (2013) y Las salinas del aliento (2015).

De usar y tirar

Aunque el tipo, con su ruidoso, reluciente y rojo coche, vio que iba a cruzar por un paso de peatones con mi hija… no se paró. Tuve que poner el brazo delante de ella para que detuviese el paso y esperara a que pasara el vehículo. Le agradecí a gritos que no se hubiera parado, captando la atención de los pocos transeúntes, y proseguimos nuestra marcha. El conductor era joven, de aproximadamente veinte años, acompañado por otro en el asiento del copiloto, o sea, cuatro ojos tan ciegos como la ambición. Esto sucedió en el Llanete de los Dolores, junto a la zona de juegos, pues, en cuestión de columpios y toboganes, mi hija prefiere los que hay allí, y yo también, porque hasta el momento no se han convertido en un trasunto del camarote de los Hermanos Marx de la infancia. Yo he visto en el Coso casi una decena de infantes balanceándose en la rueda del columpio y tirarse por los toboganes de tan céntrico paseo hasta a cuatro a la vez, lo que no me parece ni deja de parecerme bien, pues lo importante es que disfruten esos locos bajitos. Lo que me parece mal, en toda circunstancia, es la poca consideración de jóvenes como los del coche anterior o, también, la suciedad que se genera de noche, casi de manera sistemática, las de los viernes y sábados: cáscaras de pipas, bolsas, latas, botellas de plástico, papeles de hamburguesas, bocatas, etc. No es culpa del servicio de limpieza del ayuntamiento, sino de quienes lo ensucian. Pero, si de la muchedumbre se salvan los columpios del Llanete de los Dolores, no ocurre así con la basura… Lo más triste es que la papelera se encuentra a unos pasos, y detrás de ella hay contenedores de todo tipo; sin embargo, todo queda, preferentemente, dentro de la zona de juego. A riesgo de caer en tópicos y prejuicios, madres y padres coincidíamos en que la autoría era de adolescentes, con más o menos edad. El papel de la comida delataba que esta era de las llamadas rápidas: bocata, hamburguesa, kebab… Parece que todo se ha convertido en algo de usar y tirar, como los plásticos, pipas y envoltorios que adornaban la zona de juegos tras haber ingerido el alimento, como el supuesto de que en un paso de cebra hay que dejar pasar al peatón tras haber conseguido el carné de conducir… No deja de ser una gran papelera la zona infantil para quienes ensucian, como para el conductor los pasos de cebra no deber ser nada más que rayas pintadas en el suelo. Sórdida, oscura y negra manera de apreciar la vida.

Manuel Guerrero Cabrera