Martes 17.09.2019
Lucena Hoy

OPINIÓN

"Algo sobre la inmigración o miedo al diferente", por Conrado Castilla

Un grupo de migrantes en una lancha neumática en el mar
Un grupo de migrantes en una lancha neumática en el mar
"Algo sobre la inmigración o miedo al diferente", por Conrado Castilla

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española se define como inmigrante a aquel que inmigra, esto es que se desplaza de su lugar de origen para establecerse en otro. Las causas de ese desplazamiento son varias, pero en la inmensa mayoría de los casos se debe a la necesidad de buscar una vida mejor, huyendo de la miseria que sufren en sus países o por la situación de conflicto bélico en que se ven inmersos o bien porque son perseguidos por los regímenes políticos de corte totalitario que “gobiernan” en sus lugares de origen. 

En Andalucía, y por supuesto Lucena, se sabe mucho de esto de emigrar (¿quién no tiene un pariente fuera?). Aunque hoy la situación ha cambiado mucho y nuestra tierra durante unas décadas se convirtió en una tierra de inmigración siendo bastante común ver por la calle a personas extranjeras que de forma paulatina se ha ido estableciendo aquí. 

Todos los días en la prensa vemos y oímos algo relacionado con este asunto, cuando no es la llegada de pateras es que se ha detenido o multado a algún empresario por contratar de forma ilegal a inmigrantes sin papeles, otras veces por brotes xenófobos y racistas, y así otros muchos. En definitiva, que el tema se ha ido colando en nuestra vida diaria de forma que esta «fenómeno» está ahí y no debemos cerrar los ojos ante él. 
Pero claro, cuando un país pasa en relativamente poco tiempo de una situación de emigrante a la de receptor de inmigrantes, pueden surgir dudas, recelos e incluso a veces (desgraciadamente cada vez con más frecuencia) reacciones de rechazo, unas veces sordas y calladas (cuando se va a alquilar una casa se pregunta si es usted español por ejemplo y según la respuesta así se actúa por el arrendador), otras se convierten en clamor, produciéndose situaciones de tensión e incluso miedo. 

En numerosas ocasiones, me ha tocado oír en mis clases algunas afirmaciones que me ha desagradado especialmente como “odio a todos los moros”, o “los inmigrantes vienen a quitarnos el trabajo”, “los inmigrantes cobran más ayudas que nosotros y los atienden antes en los hospitales”, “vienen a robarnos”, y así otras muchas afirmaciones, todas ellas fácilmente desmontables. Pues bien, estos y otros comentarios los he oído de boca de jóvenes alumnos míos que evidentemente mostraban las ideas que comparten otras muchas personas. 
Veamos dos ejemplos: 

Cuando un chico de 15 años dijo delante de sus compañeros odiar a todos los moros, inmediatamente pregunté por qué, la respuesta por su parte fue muy sencilla “no lo sé”. Evidentemente desconocía prácticamente todo sobre esas personas a las que decía odiar y cuál era su situación. 

En lo que respecta a la segunda afirmación, también fue desmontada con facilidad y lo que es peor mostró una situación de explotación bastante común en Lucena. El chico en cuestión, en este caso de 18 años y empleado en una carpintería mostró su convencimiento de que los inmigrantes venían a quitarnos el trabajo. Una compañera le preguntó por qué si en realidad hacían los trabajos que no queremos nosotros (cuando llega la hora de recoger la aceituna no hay gente suficiente para ello), y según él efectivamente eso era así, pero que el problema estaba que trabajaban por menos dinero y por ello los españoles se veían obligados a trabajar más horas o se les echaba si se quejaban. Ante eso se planteaba otra cuestión: ¿el problema procedía de los inmigrantes o de las personas que les contrataban? La respuesta está bastante clara. Aun así, como insistiera en su rechazo, le pregunté ¿yo le estoy quitando el trabajo a alguien, por qué yo soy un inmigrante? Su respuesta fue rotunda: “usted no lo es”. ¿Por qué yo no? Insistí, si yo mismo no soy de aquí. “Sí, pero usted es como nosotros”. 

Aquí surgió creo el verdadero quid de la cuestión, lo que realmente tenemos es miedo al diferente, a aquel que tiene unas formas de vida, una lengua o una raza distinta a la nuestra, y que para colmo suele ser más pobre que nosotros. No nos quejamos de los ricos, sino de los pobres, de los que viven peor que nosotros y lo convertimos en el chivo expiatorio de todos nuestros males.

Pero es que desgraciadamente, poco a poco va calando en la población en general unos ciertos comportamientos de tipo xenófobo y racista al que no debemos perder de vista: se generaliza la identificación del inmigrante con delincuente, se le niega el acceso a una vivienda digna o se les cobra alquileres desorbitados por el hecho de ser forastero, o simplemente se les ignora, pues ahora que vivimos en un país rico, el pobre que busca una vida mejor entre nosotros hay que tratarlos como si fueran de segunda clase. Claro que el dinero con el que compran en nuestras tiendas, los impuestos que pagan sí que valen (y cómo). 
Si en vez de quererse establecer un lugar donde acoger a los inmigrantes menores no acompañados se quisiera construir una mansión para un rico extranjero probablemente la reacción de esos vecinos que han reaccionado de forma un tanto furibunda, hubiese sido bastante diferente. 

Cierto es que de entre las inmigrantes hay también mala gente que delinque o no quiere trabajar, pero por ahora que sepamos es una minoría. Hay otros muchos que están de forma ilegal en nuestra tierra, pero el problema de su “ilegalidad” generalmente procede de otros, que le cortan el paso para legalizar su situación y los condena a la marginalidad.

A mejorar la situación no contribuyen precisamente los discursos que desde determinados ámbitos políticos y sociales, especialmente conservadores o ultraconservadores, se vienen lanzando en los últimos tiempos, con argumentos falaces y fácilmente desmontables precisamente por ser falsos y porque responde a otros intereses. 

Desgraciadamente esos argumentos van calando en la sociedad, lo estamos viendo estos días en Lucena en relación con la posible apertura de un centro de acogida para menores no acompañados. Los argumentos esgrimidos por los que se oponen al mismo son tan simplistas que se caen por su propio peso (no los voy a repetir aquí), y más cuando se utilizan y manipulan a través de las redes sociales básicamente, informaciones falsas y se exponen deseos aún más absurdos y surrealistas que por repetitivos, por más que se escondan, está bastante claro que están siendo lanzados por determinados grupos de personas que juegan con la buena voluntad de muchos lucentinos y lucentinas que se dejan arrastrar por dichas falsedades.

Afortunadamente también en Lucena encontramos personas y colectivos que con amplitud de miras ayudan y se solidarizan con estas personas que por avatares de la vida han decidido instalarse en nuestra localidad, ayudándoles a integrarse en una sociedad que yo espero que sea los suficientemente tolerante como para acoger a esas gentes, aunque sean diferentes y más pobres. 

Conrado Castilla Rubio.
Profesor de secundaria e inmigrante.

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