domingo 05.12.2021

Ferrera corta cuatro orejas en la corrida de toros de Resurrección

Ferrera corta cuatro orejas en la corrida de toros de Resurrección
Ferrera corta cuatro orejas en la corrida de toros de Resurrección
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Más de media entrada en una tarde muy agradable de Domingo de Resurrección en el Coso lucentino de los Donceles. Mucho más numerosa la sombra que el sol. Toros de José Luís Pereda y La Dehesilla, encaste de Núñez, procedentes de Huelva. Al decir de muchos los más completos que han pasado en estos siete años de andadura de la plaza de Lucena. Han embestido como bravos casi todos ellos, razonablemente buenos 2º bis, 3º y 4º. Pero muy bueno el lidiado quinto: noble, repitiendo y embistiendo con clase; aplaudido al arrastre por el público soberano, que agradece lo bueno y, demasiadas veces, es agraviado con lo malo.

Manuel Díaz "el Cordobés", de chocolate y oro, saludó desde el tercio en el primero y le fue concedida una oreja en el cuarto (a pesar de ser excesiva, el propio diestro pidió para sí la segunda que en buena lid no se le regaló).

Antonio Ferrera, de negro y oro, el triunfador de la tarde, cortó dos orejas a cada uno de sus oponentes. A ley las del quinto.

Y Víctor Abad, de terno marino y oro, que jugaba como local con permiso del Cordobés, cortó una oreja ilusionante al tercero y se fue de vacío en el que cerró plaza, al que no entendió.

Buena tarde de Ferrera, y de toros que, aunque algo terciaditos, fueron bravos; aunque algo flojos, sacaron su casta y aunque casi todos fueron más o menos potables, destacó el quinto de buen tipo y mejor comportamiento.

LA CRÓNICA
La tarde arrancaba con dudas. “El Fandi” no se recuperó a tiempo del percance de Córdoba y se caía del cartel y, sin su concurso, la necesaria afluencia a la plaza se encontraba en tela de juicio. La ecuación se despejó a medias con la media entrada, y por completo cuando se vieron las ganas de torear de la terna, en particular de  Ferrera . Pero de manera muy especial del cordobés Víctor Abad que ya desde la mañana se acercaba a la plaza, quizás para recibir las felicitaciones de su triunfo de la víspera prieguense y seguro para no perder ningún detalle, ningún ingrediente que le permita ir amasando los triunfos imprescindibles para su recién iniciado doctorado en tauromaquia.

Manuel Diaz hizo lo que sabe desde que tomara la alternativa hace casi veinte años: torear a su estilo, para su público, honesto como el que más y profesional a carta cabal. A quien-por cierto-no le corresponde autopedirse trofeos, por respeto y por torería, porque corresponde al público pedirlas y, mientras no cambie la cosa, al Sr. Presidente decidir sobre su pertinencia. Sentadas estas premisas, el primero que saltó al albero no fue colaborador, le faltaban las fuerzas, no transmitía en su ir y venir repetitivo y el Cordobés le endiñó siete u ocho tandas, casi todas con la derecha, y a media altura, amagando con el salto de la rana acortando los espacios y terminando su faena en el tendido de sol dónde tan insistentemente había sido reclamado. Es lo que tiene la fiesta de los toros, hay quien va por el ambiente, hay quien lo hace por ver  al toro o por ver toreros, o a uno y otro en armonía artística; también hay quien va, lamentablemente, a gritar sandeces o simplemente a pedir música. Díaz necesitó de tres descabellos para acabar con su enemigo.

Lo del cuarto fue otra historia: un castaño más grande, bizco del izquierdo,  cabeceando, queriéndose rajar de la pelea por momentos y flojo de remos. El  Cordobés hizo su faena en el tendido del 10 que se lo estaba reclamando y, esta vez si, le endilgó tres pases del salto de la rana rematados bellamente con un cabezazo en el lomo del morlaco, todo lo cuál fue acreedor de un trofeo a un cariñoso torero que se despedía de Lucena besando la arena de su coso.

El extremeño Antonio Ferrera, entre los dos cordobeses, no vino ni mucho menos a hacer el papel; y salió a ganar. Su primer oponente,  posiblemente por la vista defectuosa, se cruzaba de manera extraña y se dio él solo un fuerte trastazo contra las tablas, quedando descoordinado e inhabilitado para la lidia. El segundo bis, cómodo de cara y que en la capa no terminaba los pases fue recibido por Ferrera con cinco verónicas y una media, llevándolo al caballo con torería donde se le propinó un puyazo algo trasero. Tras el quite, su matador pidió el cambio de tercio y cogió los palos a los sones de Francisco Alegre, y olé, y haciéndolo él casi todo dejó los tres pares reunidos en lo alto, con valentía y oficio. Con el público ya a su favor le brindó la muerte del toro y montó su faena fundamentalmente sobre la mano derecha. El toro cabeceaba y resultaba incómodo, aún más deslucido por su pitón izquierdo, por lo que abrevió por ese lado y prosiguió su faena con la diestra aprovechando las reiteradas embestidas, con inteligencia, dando espacio y tiempo a su rival, obteniéndole pases de mérito y de uno en uno, rematando airosamente. La estocada cayó ligeramente atravesada que procuró una muerte rápida al toro y le fueron concedidas las dos orejas del mismo,  quizás algo excesivo.

Con la puerta de Córdoba abierta a su favor, olvidado el Fandi, recibió con una larga cambiada en el tercio a su segundo oponente, el quinto, un colorao ojo perdiz que, a la postre, sería el mejor del festejo. Realizó su quite por chicuelitas, rematadas por una media verónica y de nuevo predispone al público para un tercio de banderillas donde el extremeño apretó el acelerador y obsequió con tres pares distintos y de mayor espectacularidad que los de su primer toro: pasando en falso, quebrando y acortando las distancias o quebrando en el tercero con salida por las tablas. El público seguía con el torero y lo más importante es que el toro seguía desplazándose gracias a su casta, a pesar de sus pocas fuerzas, acudiendo una y otra vez a los toques del diestro y metiendo muy bien la cabeza en su muleta. El torero lo dejaba respirar y en un gesto curioso pidió que cesara la música, echándose la muleta a la izquierda para volver inmediatamente al mejor pitón, el derecho. Valiente cuando se le paraba el toro, estudiando muy bien los terrenos y aprovechando con torería las embestidas del animal, todo se produjo despacio y hecho con pulcritud. Mató en la suerte contraria de una estocada algo tendida, siendo aplaudido el toro a su arrastre.

De Víctor Abad hemos dicho lo más significativo, su decisión para triunfar. Recibió a su primero con coraje, con verónicas de poderío y lo llevó al caballo andándole por chicuelinas. Un picotazo del varilarguero y buenos pares del de plata que fue por delante. Brindó al público de Lucena y se sacó a su oponente a los medios con gusto, le embistió con codicia y estuvo sin abrir la boca en toda la faena. Por el derecho mejor el toro que por el izquierdo. Trincherazos toreros cierran una faena que remata con media estocada y descabello que le reportan una petición insistente y una oreja.

Él que cerró plaza fue un castaño, el mas serio de cara, con el que no acabó acoplándose el torero que aún habrá de asentarse delante de la cara del toro con el que estuvo algo danzarín y descompuesto , aunque valiente y voluntarioso. Fue ovacionado a pesar de que con los trastes de matar cosechó dos pinchazos, media estocada y siete descabellos, que no necesitan más comentarios. Tarde divertida, que diría el poeta. De estas, que vengan más... y así seremos cada vez más.

José Ramón Flores Martínez
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