domingo 20.09.2020

El sargento y la sedición

MILI
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El sargento y la sedición
Algo me sonaba la palabra sedición muchos años antes de que se pusiera de moda con el actual conflicto catalán.  La había leido en alguna ocasión sin interesarme por su significado, pero cuando supe algo por primera vez de ese vocablo fue por boca del sargento G,  un militar que conocí durante la mili, aquel servicio obligado en el que se aprendían pocas cosas buenas. Lo mejor que hizo Aznar durante su gobierno fue quitar la mili obligatoria.

El sargento G. era  hipernervioso. Trabajaba algo más que otros colegas superiores que llegaban uniformados y, tras unos breves trámites, pasaban dos horas en la oficina y muchos ratos en el bar-cantina tomando café y cerveza a un precio irrisorio. El sargento G andaba casi siempre mosqueado, quizás debido a que, según algunos, padecía un complejo porque su mujer que era maestra --entonces no se decía funcionaria--  tenía su plaza en una ciudad lejos del domicilio conyugal y solo podían convivir maritalmente en los períodos de vacaciones escolares.

Cuando al sargento G le tocaba el turno de pasar lista por la noche en la unidad de destinos, ya entraba mosqueado. Al detectar su presencia, el soldado de puerta anunciaba en voz alta:

 - ¡¡ Unidad, el sargento de semana!!  Y a continuación el cabo gritaba: ¡¡fuera gorras!!

Todos entonces formábamos en dos filas para el pase de lista y, en esos momentos, algún soldado cachondo sigilosamente daba un chasquido con los dedos de su mano. Ese ruido rápidamente lo asociaba el sargento G como una burla contra él, se cabreaba y se dirigía hacia la zona de donde parecía provenir el chasquido. Entonces, algún otro guasón chasqueaba sus dedos por la punta contraria y el sargento G acudía como un miura hacia esa otra parte. Varios más secundaban la chanza y en pocos segundos aquello se convertía en un concierto de sonidos anónimos. Igual se repitió otro días más y, para cortarlo en seco. el sargento G decidió airear y esgrimir una palabra que casi nadie conocía: ¡¡sedición!!.

La siguiente noche el sargento G apareció con el código penal militar en sus manos y con enérgica gravedad nos leyó algo así:

Cometen delito de sedición militar quienes se ponen enfrente de las normas o de su superior, desobedeciéndole, incumpliendo colectivamente deberes profesionales, atacando al superior o planteando reclamaciones en tumulto o con las armas en la mano. 

El sargento G nos mantuvo firmes más de dos horas y acabó con las ganas de más conciertos. Estaba claro que allí nadie atacó al superior, ni se reclamó nada ni se produjo un tumulto con armas. Allí lo que hubo fue que unos pocos zumbones quisieron encabritar a un sargento lleno de complejos.

Han pasado muchos años de aquel lance cuartelero y no sé calcular qué castigo habría recaído sobre los soldados de la unidad si el sargento G  se hubiera empeñado en convertir unos segundos de malintencionado cachondeo en un delito de sedición militar. Quede claro que no pretendo comparar la sedición militar que enarbolaba el sargento G con la sedición que la justicia española ahora intenta aplicar al conflicto catalán. No es lo mismo, sino muy distinto. Ya se verá.
 

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