Francisco Barbancho Espada firmó en la iglesia de San Pedro Mártir un pregón de Nuestro Padre Jesús Nazareno profundamente emocional, de notable pulso literario y atravesado de principio a fin por una idea central: en Lucena, hablar del Nazareno es hablar de un pueblo entero. Su intervención, construida desde la vivencia personal pero abierta constantemente a la memoria colectiva, fue mucho más que una exaltación cofrade. Fue también una declaración de amor a Lucena, a su Viernes Santo y a una manera muy concreta de entender la fe, la familia y la tradición.
Desde los primeros compases, el pregonero se presentó simbólicamente revestido con la herencia de los suyos: la túnica del bisabuelo, la vela del abuelo, los zapatos de niño heredados por nuevas generaciones. Ese arranque no fue un simple recurso estético, sino la base de todo el discurso: el Nazareno como hilo conductor de una historia familiar y, al mismo tiempo, como vínculo que cose la identidad de la ciudad.
A partir de ahí, Barbancho levantó un pregón muy reconocible para el sentir nazareno lucentino, con el Llanete, la capilla y la madrugada del Viernes Santo convertidos en auténtico eje emocional del texto. La salida del Señor, el temblor de las seis de la mañana, el silencio roto por la devoción de un pueblo y el peso simbólico de cada tramo del recorrido fueron desgranados con una prosa muy visual, a ratos lírica, y siempre empapada de verdad vivida. No buscó una descripción fría ni un catálogo de estampas: buscó transmitir por qué ese día no se explica, sino que se siente. De hecho, lo resumió con una frase que condensó buena parte de su discurso: “Tiene el viernes tantas cosas que versarlo es imposible; ni se cuenta ni se escribe, solo se sueña o se vive”.
Logró el autor pregón pasar de lo íntimo a lo colectivo sin perder tensión ni autenticidad. Así, Barbancho habló de los mayores, de los enfermos, de quienes esperan al Señor desde sus casas, hospitales o residencias, y situó ahí uno de los núcleos más humanos de su intervención. Presentó a Jesús Nazareno como consuelo, presencia y alivio, como ese padre al que se acude cuando la vida aprieta. En ese tramo, especialmente conmovedor, definió al titular nazareno como “corazón de los enfermos”, en una de las expresiones que mejor conectaron la devoción con la experiencia del dolor cotidiano.
Otro de los grandes bloques del pregón fue la santería, tratada no solo como seña de identidad local, sino como liturgia, sacrificio y servicio. Barbancho habló desde dentro, con conocimiento de causa y con respeto absoluto por quienes cargan con el Señor, por el legado recibido y por la responsabilidad de transmitirlo. Reivindicó la belleza y la exigencia de una tradición centenaria que en Lucena no se concibe como simple costumbre, sino como parte esencial del alma colectiva. Ahí dejó otra de las ideas-fuerza de la noche al recordar a los santeros que, aunque el Señor es de todos, durante unas horas también reposa en sus manos.
La memoria ocupó igualmente un lugar decisivo. El pregonero fue sembrando el texto de nombres, escenas y ausencias: abuelos, familiares, amigos, devotos que ya no están, lucentinos que marcharon lejos pero siguieron regresando cada Viernes Santo con el corazón puesto en el Nazareno. Esa evocación de los ausentes no tuvo tono elegíaco, sino de continuidad. En su discurso, los que faltan siguen presentes en la cera, en los balcones, en la saeta, en los bancos de la capilla y en la emoción heredada.
También hubo espacio para la saeta, para los balcones y para esa manera tan propia de Lucena de dialogar con el Señor a través del cante. Barbancho vinculó esa tradición a la voz del pueblo, a su capacidad para quebrarse y elevarse al mismo tiempo, y la integró con naturalidad en la gran narración del Viernes Santo lucentino. Del mismo modo, subrayó el papel de los jóvenes, llamados a custodiar y proyectar hacia el futuro una tradición que, a su juicio, debe mantenerse intacta en lo esencial, aunque se adapte a los tiempos en lo necesario.
En la parte final, el pregón ganó gravedad y hondura. El regreso del Señor, la bendición, la fatiga del santero, el luto de la tarde, la presencia de la Virgen del Socorro y la sepultura fueron llevando el texto hacia un cierre más recogido, sin perder en ningún momento la emoción. No fue un desenlace triste, sino sereno, sostenido por la convicción de que la Pasión no termina en la derrota, sino en la esperanza.
El broche lo puso con una apelación directa, casi cinematográfica, que dejó al auditorio en el umbral exacto entre la palabra y el sueño cumplido: “Hermano, son las seis. Ábrase la puerta que el Señor de Lucena ha dicho vamos”. Con esa imagen final, Francisco Barbancho no solo cerró su pregón. Lo convirtió en víspera, en llamada y en anuncio. En definitiva, en una forma de decirle a Lucena que su Viernes Santo ya estaba latiendo dentro del templo.
Les dejamos algunas fotos de este pregón, realizadas por Jesús Barbancho.
Cuaresma 2026. Una imagen del pregón de Francisco Barbancho
Cuaresma 2026 Pregón Capilla (1)
Cuaresma 2026 Pregón Capilla (2)
Cuaresma 2026 Pregón Capilla (3)
Cuaresma 2026 Pregón Capilla (4)
Cuaresma 2026 Pregón Capilla (5)
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Cuaresma 2026 Pregón Capilla (7)
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Cuaresma 2026 Pregón Capilla (9)
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Cuaresma 2026 Pregón Capilla (12)
Cuaresma 2026 Pregón Capilla (13)
Cuaresma 2026 Pregón Capilla (14)
Cuaresma 2026 Pregón Capilla (15)