Más allá de que, en cualquier rincón de Andalucía, estos días se acelere el pulso de la vida cofrade, en muy pocos enclaves de nuestra geografía se vivirá este domingo con la Pasión con la que Lucena lo hace. Cuando Jesús bendice a su pueblo, sin distinción, sin clase ni estatus, sin escalones ni rangos, muere la Cuaresma y brota la Semana Santa.
El Domingo de Pasión empieza como cualquier último día de una semana cuaresmal: con el sabor del último brindis, con el soniquete renqueante de la última saeta de santería, con un partido de fútbol matinal, con el cielo encapotado que no rompe en lluvia de un invierno que se marcha, contra bajo la parihuela de la primavera que quiere estallar… Pero con otros horizontes ondeando en el ciclo irrevocable de los días, como el anhelo de las últimas marcas y el recuerdo, ya pasado, de las primeras, o los primeros tronos clamando a la calle como agua de mayo.
Todo muy anodino, normal, y apático… hasta que las campanas capilleras llaman al devoto a eso de las cuatro de la tarde. Ahí, Lucena da un vuelco, cambia su imagen, y el vaivén del traje, corbata, la chaqueta, la gala, el tacón, las gentes de un templo a otro, arremolinándose en los dinteles y espadañas y llanetes y plazas, se apodera de todo y dispara los latidos a oscilar al compás alegre de un Cristo vivo, con “raun” y movido de atrás. La tarde va creciéndose, entre la nostalgia que brota en las visitas al Señor, la alegría de un Martes Santo que comienza a respirarse, como enclave intermedio, y la solemnidad luctuosa de la Soledad, y es que, pronto, las señales que tienden a pasar desapercibidas, como la desnudez de las calles, desprovistas de mobiliario para el paso de las procesiones, y otros signos más obvios, como el hecho de que los templos dominico, franciscano, santiaguino y mayor de San Mateo, se vistan de santero por lunes de una semana que vuela, que escapa, sin previo aviso, ni remordimiento.
Antes de todo, Jesús caminará, se asomará al Llanete que siempre llevó su nombre, sin ser rotulado, abrirá surcos en los corazones de quienes entonan el Perdón, de quienes buscan como el regazo de una madre a la diestra que se alza, de quienes simplemente lo miran, perdidos en el pozo de sus culpas, de sus pensamientos, de sus pesares. Trazará el Maestro la última cruz y, entonces, cuando la mano que mece los sueños del mundo, que mueve nuestras vidas, que calma nuestras ausencias, caiga levemente para reposar hasta el Viernes Santo, en un gesto sutil, inevitable, natural, y tan humano que inquieta, todo habrá empezado a correr, el principio se habrá precipitado y la próxima espera se asomará al zaguán que cruzaremos como niños, otro marzo más, el próximo Domingo, con mayúscula, porque será el de Ramos.
Cuando Jesús bendice a su pueblo, sin distinción, sin clase ni estatus, sin escalones ni rangos, muere la Cuaresma y brota la Semana Santa. Con el tambor de su paso y el Torralbo, se llevan a Jesús para que descanse y –en la eclosión de la gloria y del gozo- pueda un año más con su pesada cruz.
Manuel Franco Espinar
