VÍDEO / FIESTAS ARACELITANAS 2026: / Los cuatro hombres de la campana: hablamos con los manijeros de la Virgen de Araceli

29 de Abril de 2026
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Todo cuanto sucede en torno a María Santísima de Araceli se hace inmenso; porque la devoción desborda el detalle y porque, para muchos, lo verdaderamente trascendente es que la Virgen baje cada año hasta Lucena, pasee por sus calles, bendiga cada casa, lleve a alegría de quienes más la necesitan y vuelva a coronar el corazón de Lucena, como ha sido siempre. Pero sería injusto pasar por alto a quienes sostienen desde dentro una de las mayores responsabilidades de cada desfile procesional, sus manijeros. Detrás de cada campana concedida hay años de espera, de peticiones en forma de cartas, de noches de nerviosismo cuando se acerca la fecha de conocer a los afortunados, de sueños viéndose bajo sus varales, de servicio callado a la Archicofradía, de renuncias y, sobre todo, de una fe tenaz que no entiende de calendarios.

Como cada año, los manijeros de la Virgen tienen el difícil encargo de escoger a quienes pondrán sus hombrosy su corazón al servicio la Patrona para que Lucena la vea, la mire de frente, le rece, la disfrute y la sienta todavía más suya.

Bernardo Roldán ha tenido el privilegio de descender a la Virgen desde su Real Santuario hasta la ciudad en gloriosa Romería de Bajada. Este año, de forma excepcional, hasta la parroquia de Nuestra Señora del Carmen. José Luis Muñoz la conducía el pasado domingo por calles inéditas, rincones donde nunca antes transitó, hasta su atmósfera natural de San Mateo en el traslado extraordinario. Rafael Romero mandará la cuadrilla del Día de la Virgen, una de las jornadas capitales y que mejor definen la idiosincracia de Lucena y Francisco Peñalver, designado por la Cofradía Franciscana de la Resurrección y Ángeles, será quien la devuelva a la cima para custodiar de nuevo a su pueblo. 

Los cuatro hablan distinto, pero en todos aparece el mismo poso: esto no se consigue; esto se espera y se recibe "cuando Ella quiere".

Bernardo Roldán, manijero de la Bajada

Bernardo Roldán: veinte años detrás de un sueño

En Bernardo Roldán hay una palabra que atraviesa toda su conversación: lucha. No habla desde la euforia del que acaba de alcanzar una meta, sino desde la serenidad del que sabe cuánto ha tardado en llegar.

Su deseo de mandar a la Virgen nació hace dos décadas. Veinte años de cartas, de trabajo en la Cofradía, de cercanía diaria a la Patrona y de seguir queriéndola “cada día más, si ya se quiere desde que se nace”.

No hay en él discurso de agravio por los años de espera. Al contrario: reivindica la constancia como único camino posible y lanza incluso un mensaje a quienes siguen aguardando: “La clave está en seguir luchando, en seguir queriendo a la Virgen; al final, al que pelea y lucha le llega”.

“La clave está en seguir luchando, en seguir queriendo a la Virgen; al final, al que pelea y lucha le llega”

Su manijería, ya vivida, la entiende desde una dimensión profundamente doméstica. Para Bernardo, la Virgen “es familiar porque es la madre de todos”, y esa maternidad explica que mujeres, hijos y padres terminen implicados en una santería que rebasa por completo la mera cuadrilla.

Lo que la Virgen le ha regalado en este tiempo lo resume sin titubeos: más unión con la familia, más unión con los amigos y más amor hacia Ella. Lo define con una expresión que condensa perfectamente su estado interior: “momentos de gloria”. Y aunque reconoce que María Santísima de Araceli está “para comérsela de bonita” de cualquier forma, su corazón se queda con una estampa muy concreta: la Virgen de Pastora. Quizá porque ha sido él quien ha tenido este año el privilegio irrepetible de bajarla así desde la sierra. Para definir en una sola idea su santería no busca adornos: es, sencillamente, el culmen de toda su trayectoria santera.

José Luis Muñoz, manijero en el traslado desde El Carmen a San Mateo

José Luis Muñoz: acercar a María a quienes no pueden ir a buscarla

La historia de José Luis Muñoz tiene mucho de perseverancia íntima y mucho de impulso familiar. Él mismo reconoce que hubo momentos en los que creyó que aquella llamada no llegaría nunca, que “ya se le había pasado el arroz”. Sin embargo, siguió presentando su carta. Y si lo hizo fue, en gran medida, por el empuje de su propia casa. Su mujer –profundamente fervorosa de la Virgen– fue quien no le dejó desistir. “¿Y si te llega algún día? Pues mira por dónde la Virgen aquel día se acordó de mi familia”.

Esa presencia de la familia no es circunstancial: define toda su forma de entender esta santería. José Luis insiste una y otra vez en que la de María Santísima de Araceli es una santería cercana, de convivencia, de padres mayores, de mujeres devotas, de hijos que terminan heredando la emoción de sus mayores.

“Lo más grande es poder acercársela a esas personas que no pueden ir a verla”

Su traslado extraordinario desde El Carmen hasta San Mateo no lo vivió solo como una procesión histórica por calles inéditas; sino como la oportunidad de llevarle la Virgen a quienes no pueden desplazarse hasta verla. Habla de ancianos en sillas de ruedas, de personas con andadores, de vecinos para quienes el camino se hace imposible. Y ahí sitúa el sentido más hondo de su manijería: acercar a María hasta la misma puerta de sus casas.

Ese gesto de proximidad marca también el regalo más grande que siente haber recibido: el acercamiento a las familias de sus santeros y la posibilidad de integrar generaciones dentro de una misma alegría. Su santería, en una sola definición, no puede ser otra: una santería cercana y familiar.

Rafael romero, manijero de la Virgen de Araceli en su Día

Rafael Romero: el día más grande

Rafael Romero habla con la cadencia de quien lleva muchos años soñando exactamente este momento. Aficionado confeso a la santería, con dos manijerías previas a sus espaldas y catorce años solicitando la de la Virgen, nunca se permitió abandonar del todo la esperanza.

Sabía que podía llegar o no. Sabía, además, la enorme competencia que supone una de las campanas más deseadas de Lucena. Pero siguió santeando, siguió colaborando, siguió cerca de la Junta de Gobierno y siguió alimentando el anhelo. No hay épica impostada en su relato; hay insistencia callada. “Tampoco me he rendido nunca. Siempre he seguido trabajando, colaborando, esperando”.

Su gran obsesión al formar cuadrilla ha sido una: que bajo la Virgen vaya gente devota de verdad. No solo santeros con oficio, sino hombres con motivo interior, con petición, con promesa, con lágrimas si hace falta.

“Tampoco me he rendido nunca. Siempre he seguido trabajando, colaborando, esperando”

Por eso describe sus juntas como encuentros atravesados por el llanto, por testimonios personales y por una emoción que termina cosiendo a todos como una auténtica familia.

Rafael se conmueve especialmente recordando las visitas a las casas de sus santeros: mujeres llorando, hijos ilusionados, padres orgullosos. Para él, la manijería ha consistido precisamente en eso: en repartir la alegría de un privilegio que siente suyo pero que necesita compartir para ser completo.

De todas las estampas posibles de la Virgen, se queda con el Besamanos: la Virgen de Reina, sí, pero a la altura del pueblo, cercana, tangible.

Y cuando le piden una sola palabra para resumir su santería, no duda ni un segundo: devoción. Devoción la suya y devoción la de una cuadrilla que quiere ofrecerle a María algo más que un simple recorrido el próximo domingo.

Francisco Peñalver, manijero de la Romería de Subida

Francisco Peñalver: una alegría compartida

La de Francisco Peñalver es la voz más colectiva de las cuatro. No habla solo en primera persona; habla desde un “nosotros” constante, el de la Cofradía Franciscana de la Resurrección y Ángeles, designada para la Subida.

Y eso cambia el enfoque: no es únicamente el sueño de un hombre, sino el culmen de dieciocho años de espera de una corporación que entiende esta designación como una inmensa satisfacción cofrade y lucentina.

La razón de querer llegar a la campana la resume de forma simple pero rotunda: devoción a María. Sin embargo, donde Peñalver pone especialmente el acento es en la convivencia que genera la santería de la Virgen. Las comidas, los encuentros, las familias, los hijos, los padres, las mujeres… Todo aparece en su relato como parte esencial del camino.

“Es una de las mejores cosas que tiene la santería de María: el poder tener esa alegría compartida”

No es un complemento: es una de las mayores riquezas de esta experiencia. “Es una de las mejores cosas que tiene la santería de María: el poder tener esa alegría compartida”.

Cuando se le pregunta qué le ha regalado esta manijería, casi le faltan palabras. Habla de tantos momentos, tantas historias, tantos sentimientos, que solo encuentra un símil extremo –“salvando las distancias”– para intentar explicarlo: la sensación de tener un hijo. Su estampa ideal de la Virgen está clara: blanco y oro. Aunque reconoce el encanto único de la Pastora, para él esa imagen regia y luminosa resume la plenitud estética de la Patrona.

Y al final, cuando debe definir su santería en una sola palabra, no busca filigranas literarias. Dice simplemente: grande. Grande en la emoción, en la convivencia, en la responsabilidad y en el privilegio.

Hay un dato que atraviesa las respuestas de los cuatro manijeros en la entrevista que les ofrecemos y que resulta revelador: ninguno habla de mando, de autoridad o de lucimiento. Los cuatro hablan de espera, familia, lágrimas, devoción, convivencia y regalo. El manijero manda, pero sobre todo recibe la posibilidad de llevar alegría a las casas de sus santeros, de unir a generaciones, de acercar a la Patrona de Lucena a los impedidos, de poner devoción organizada debajo de unas andas que empuja toda la Lucena Aracelitana.

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