La parroquia de la Sagrada Familia acogió en la noche de ayer una emotiva Exaltación del Valle, protagonizada por Antonio Jesús García Montes, quien fue presentado por Carmen Romero Orellana. En su presentación, Carmen Romero trazó un retrato cercano y profundamente humano del exaltador, destacando tanto su trayectoria como su forma de vivir la fe. La presentadora subrayó la temprana vocación del pregonero, ya desde el ámbito escolar, por expresar la fe a través de la escritura y su brillante camino académico, marcado por su amor por las letras y la lengua, actualmente reflejado en sus estudios universitarios vinculados a la traducción y la filología. Pero más allá de su formación, Romero puso el acento en su carácter: trabajador, generoso y profundamente comprometido con su fe y con las hermandades, cualidades que lo han llevado a asumir diferentes responsabilidades en la vida cofrade lucentina y cordobesa y a convertirse, pese a su juventud, en una voz reconocible dentro del ámbito cofrade local.
Desde el atril, el exaltador desplegó un discurso íntimo y apasionado, construido desde la fe y la vivencia personal, en el que la figura de Cristo y de su Madre se convirtieron en eje de una reflexión sobre el sufrimiento, la esperanza y la identidad cristiana de Lucena.
Con un tono profundamente meditativo, el exaltador recorrió los episodios más dramáticos del camino hacia la Cruz para desembocar en una afirmación clara de fe frente a quienes cuestionan la existencia de Cristo o reducen su figura a una simple leyenda. Su discurso se convirtió así en una defensa abierta de la fe vivida en lo cotidiano, en los barrios, en las familias y en las tradiciones que sostienen la religiosidad popular, a través de esas pequeñas historias íntimas que se esconden en nuestras cofradías, como la de una anciana que confía a la Virgen de la Amargura que desde el asilo aguarda con esperanza una llamada de sus hijos, por los que lo dio todo.
La exaltación transitó también, casi siempre desde el sentimiento poético, por la identidad cofrade de Lucena, con referencias a la santería, al esfuerzo silencioso de quienes preparan cada detalle de la estación de penitencia y al profundo vínculo entre el pueblo y sus imágenes. En sus palabras apareció la figura del santero como portador de esperanza, acercando a Cristo y a su Madre a quienes más lo necesitan. El relato culminó con una mirada al Miércoles Santo en el Valle, evocando la salida procesional como un momento en el que fe, tradición y sentimiento popular se funden en una misma emoción que define la espiritualidad de todo un pueblo.