Las protestas de octubre de 2019 en Cataluña no pueden entenderse sin atender a la construcción de un marco cultural que se ha ido consolidando durante décadas. Este marco no surgió de forma espontánea, sino que fue el resultado de una estrategia sostenida de ingeniería social impulsada desde las instituciones autonómicas, especialmente desde la presidencia de Jordi Pujol.
Durante los gobiernos de Pujol (1980–2003), la Generalitat desarrolló una política cultural orientada a reforzar la identidad nacional catalana. Esta estrategia se articuló a través de la educación, los medios de comunicación públicos, la promoción de la lengua catalana y la subvención de entidades culturales afines. El objetivo era claro: construir una conciencia nacional que permitiese cohesionar a la sociedad catalana en torno a un relato compartido de pertenencia, agravio histórico y aspiración de soberanía.
La escuela fue uno de los pilares de esta ingeniería social. El modelo de inmersión lingüística, que convirtió el catalán en lengua vehicular, no solo promovió el uso del idioma, sino que también sirvió para transmitir una visión de la historia y la política centrada en la reivindicación nacional. Los libros de texto, los contenidos curriculares y la formación docente fueron orientados a consolidar esta narrativa.
Los medios públicos, como TV3 y Catalunya Ràdio, jugaron un papel clave en la difusión de este marco cultural. A través de informativos, programas de entretenimiento y espacios de opinión, se construyó una imagen de Cataluña como nación diferenciada, con una historia propia y un derecho legítimo a decidir su futuro. Esta narrativa fue reforzada por la producción cultural subvencionada, que consolidó símbolos, mitos y referentes compartidos.
En este contexto, las protestas de 2019 no fueron solo una reacción política, sino también una expresión cultural profundamente arraigada. El uso de la estelada, el canto de “Els Segadors”, la centralidad del catalán y la apelación constante a la memoria del 1-O son manifestaciones de un imaginario colectivo que ha sido cuidadosamente cultivado desde las instituciones.
La cultura de la protesta también incorporó elementos contemporáneos: memes, grafitis, performances y una estética juvenil que conectaba con las nuevas generaciones. Esta combinación de tradición e innovación permitió que el movimiento tuviera una fuerte capacidad de movilización y resonancia social.
Comprender la dimensión cultural del conflicto catalán exige reconocer el papel que ha jugado la Generalitat en la construcción de una identidad nacional. La ingeniería social iniciada por Pujol no solo transformó el paisaje institucional, sino que moldeó subjetividades, generó lealtades y preparó el terreno para una movilización masiva como la de 2019.