Las democracias occidentales se apoyan en un principio esencial: las normas se cumplen porque existe confianza en el sistema y en quienes lo integran. Sin embargo, cuando esa confianza es explotada de forma reiterada, la permisividad deja de ser una virtud y se convierte en un problema estructural.
En España, la ocupación ilegal prolongada por años, la reincidencia delictiva con escasa respuesta penal o el fraude en determinadas ayudas públicas han generado una percepción clara: el sistema protege más al infractor que al ciudadano cumplidor. No siempre se trata de falta de leyes, sino de su aplicación tardía, desigual o excesivamente temerosa de causar conflicto.
En Europa, esta debilidad se refleja también en la dificultad para controlar fronteras, expulsar delincuentes reincidentes o exigir reciprocidad a países que se benefician del mercado europeo sin respetar sus reglas básicas. La defensa de los derechos se ha confundido, en demasiadas ocasiones, con la renuncia a ejercer autoridad.
"El sistema protege más al infractor que al ciudadano cumplidor. No siempre se trata de falta de leyes, sino de su aplicación tardía, desigual o excesivamente temerosa de causar conflicto"
En Estados Unidos, el debate es similar. Políticas migratorias laxas y la relajación en la persecución de determinados delitos han provocado un creciente malestar social y un giro político evidente hacia posiciones más duras, impulsadas por ciudadanos que se sienten desprotegidos.
Las consecuencias son claras: erosión de la confianza institucional, aumento del agravio comparativo y ruptura del contrato social. Cuando cumplir la ley deja de percibirse como un valor recompensado, la democracia se debilita desde dentro.
La reacción ciudadana –abstención, polarización o apoyo a opciones contundentes– no es un rechazo a la democracia, sino una advertencia. Las sociedades libres no reclaman menos derechos, sino normas claras y aplicadas a todos por igual. La verdadera fortaleza democrática no está en la tolerancia ilimitada, sino en saber poner límites a quienes abusan del sistema.
Vicente Dalda
