Paseando esta noche con mi perro, sin esfuerzo ninguno, el suelo grita porque la cera lo quiere así, e inconscientemente, uno rachea el paso, como si andara en una bulla, como si una parihuela apretara su zancada, como si de nuevo estuviera cruzando la estrecha Calle Flores. Es entonces, cuando el corazón aprisiona a la mente y comienza a funcionar de forma precisa, exacta, implacable, para trasladarnos a cada recuerdo que hemos tocado en estos días de gloria y de gozo.
Cuando el Domingo de Resurrección uno mira hacia el de Ramos, todo parece un sueño... Lo parece y lo es, qué otra cosa es la Semana Santa si no un sueño del que no queremos despertarnos.
Con el sol en la calle pero un clima inesperado, frío y ventoso, comenzó La Pasión a escribir una nueva novela inédita e imborrable en las páginas de nuestra memoria, y ahora que todo ha pasado, queda una ciudad huérfana, vacía, muerta, nostálgica donde la cera chirría en la calzada para que recordemos quiénes hemos sido estos días: los niños de siempre. Estampas tangibles e intangibles ya están grabadas a fuego, se ha forjado una nueva Semana Grande que ha dado sentido a la espera, al desvelo, al debate sobre el paso, a la búsqueda de la flor, a la limpieza de la plata, a la vida misma.
Paseando esta noche con mi perro, sin esfuerzo ninguno, el suelo grita porque la cera lo quiere así, e inconscientemente, uno rachea el paso, como si andara en una bulla, como si una parihuela apretara su zancada, como si de nuevo estuviera cruzando la estrecha Calle Flores... Y uno recuerda que todo el año ha merecido la pena cuando ve a Jesús salir bien el Viernes Santo y a su cuadrilla vareada pero satisfecha.