Votar no es suficiente: El fin de la política del siglo XX, por Fernando M. García

12 de Marzo de 2026
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​Hubo un tiempo en que afiliarse a un partido político era un acto de fe civil, una forma de participar en la construcción de un futuro compartido. Hoy, para una parte creciente de la sociedad, esas mismas siglas se perciben como estructuras cerradas, más preocupadas por su propia supervivencia que por el bienestar común. La pregunta flota en el ambiente con una urgencia incómoda: ¿son los partidos el motor de nuestra democracia o se han convertido en su principal freno?

​La teoría política nos dice que los partidos son indispensables; deben ser el canal que transporta las demandas de la calle hasta los boletines oficiales. Sin embargo, en la práctica, ese canal parece obstruido por un modelo del siglo XX que no sabe responder a la horizontalidad del siglo XXI. La sensación de vivir en una "partitocracia", donde el poder emana de las sedes de los partidos y no de la soberanía popular, ha calado hondo, alimentada por listas cerradas y una polarización estratégica que busca el "voto por miedo" en lugar del proyecto de país.

​Pero la democracia no está acabada; está obligada a mutar. El hartazgo actual no es el fin del camino, sino el motor de una necesaria regeneración. ¿Cómo hacemos brotar de nuevo la confianza? La solución no es eliminar los partidos, sino abrirlos en canal mediante tres reformas inaplazables:

​En primer lugar, necesitamos un empoderamiento directo del ciudadano. No basta con votar cada cuatro años. Es urgente implementar listas abiertas reales para que podamos elegir a las personas por su valía y no por su lealtad al líder. Asimismo, cobra fuerza la democracia deliberativa: la creación de asambleas de ciudadanos elegidos por sorteo, representativos de toda la sociedad y no solo de la militancia, que, asesorados por expertos independientes, saquen los grandes temas del barro de la pelea partidista. No hablamos de asambleísmo caótico ni de consultas internas para ratificar a un líder, sino de devolver los temas de Estado a la serenidad del debate ciudadano.

​En segundo lugar, urge una democratización interna radical y, como tercera reforma, una desprofesionalización de la política. Los partidos no pueden ser ejércitos jerárquicos ni agencias de colocación. La selección de candidatos debe pasar por primarias reales y la limitación de mandatos debe ser la norma, no la excepción. La política debe volver a ser un servicio temporal y no una carrera de supervivencia vitalicia protegida por "puertas giratorias".

​Ignorar estas reformas tiene un precio muy alto: el auge de las alternativas autoritarias. Cuando la democracia se percibe como un sistema lento, ruidoso e ineficaz, surge la tentación del "líder fuerte" que promete orden a cambio de menos libertad. Es el peligroso intercambio de resultados rápidos por derechos civiles; una trampa seductora que, a largo plazo, silencia la pluralidad y elimina los controles al poder.

​El brote verde de nuestra democracia está ahí: es una ciudadanía más informada, crítica y exigente. Si los partidos no son capaces de reformarse desde dentro, el vacío lo llenarán quienes prometen soluciones mágicas a cambio de silenciarnos. La solución está en transformar ese engranaje oxidado en una maquinaria abierta, transparente y más humana.

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