A raíz de la llegada de menores a Ceuta, estamos escuchando hablar mucho de abandono, de padres irresponsables y de inmigración. Pero quizá deberíamos detenernos un momento antes de juzgar.
Existe una situación que merece una reflexión especial: padres marroquíes que vienen legalmente a España de vacaciones con sus hijos adolescentes y, después de unos días, les dicen algo parecido a: «Tú quédate aquí; dentro de unas horas te presentas en comisaría». El menor queda entonces bajo la protección de las autoridades españolas.
¿Son malos padres? La respuesta fácil es decir que sí. Pero quizá la realidad sea bastante más compleja.
Imaginemos que hemos nacido en una familia de clase social baja en Marruecos. Tenemos pocos recursos y un hijo adolescente al que vemos crecer sin demasiadas posibilidades de futuro. Marruecos ha avanzado mucho y ha reducido notablemente la pobreza, pero persisten grandes desigualdades sociales y territoriales. La educación obligatoria llega aproximadamente hasta los 15 años y, aunque el acceso a la enseñanza ha mejorado, la calidad educativa sigue siendo un problema.
Después viene el problema del empleo. La juventud marroquí se enfrenta a importantes dificultades para incorporarse al mercado laboral, especialmente quienes proceden de entornos desfavorecidos.
Y entonces aparece la pregunta que quizá deberíamos hacernos: Si soy un padre pobre y veo que mi hijo no tiene prácticamente ninguna posibilidad de progresar, pero sé que en España puede acceder a educación, sanidad, protección social y quizá a un futuro laboral mejor, ¿qué hago?
Puede parecer una decisión incomprensible desde nuestra posición. Pero desde la desesperación quizá tenga otra lógica: "Yo no puedo darle aquí lo que necesita. Quizá España sí pueda."
¿Está bien abandonar a un menor? No.
¿Es legal? No necesariamente.
¿Puede generar un problema para España y para el propio menor? Por supuesto.
Pero ¿todos esos padres son simplemente malos padres? No estoy tan seguro.
Comprender una decisión no significa justificarla.
También debemos mirar la situación política y social del país. Organizaciones como Human Rights Watch han documentado restricciones a la libertad de expresión y represión de activistas y manifestantes, incluidas personas menores de edad.
No se trata de presentar Marruecos como un país sin futuro. Sería falso e injusto. Se trata de entender por qué algunas personas, especialmente jóvenes, miran hacia Europa como una oportunidad.
Y hay algo más poderoso que la pobreza: la comparación. Un adolescente marroquí puede ver cada día, a través de las redes sociales, cómo viven otros jóvenes en España. La distancia geográfica es pequeña, pero la diferencia de oportunidades puede parecer enorme. Por eso creo que estamos haciendo solamente una parte de la pregunta.
Preguntamos: ¿Cómo evitamos que estos menores lleguen?. Pero también deberíamos preguntar: ¿Por qué algunos padres llegan a pensar que su hijo tendrá más futuro solo en España que permaneciendo con ellos?
España tiene la obligación de proteger a los menores que llegan solos. Pero tampoco puede convertirse en la solución a todos los problemas sociales de Marruecos. Marruecos tiene responsabilidades. España también. Y Europa, igualmente.
Y mientras discutimos sobre fronteras, cifras, leyes y políticas migratorias, no deberíamos olvidar algo fundamental: ese menor sigue siendo un niño o un adolescente. No es una cifra. No es un arma política. No es un enemigo. Y tampoco debemos convertir la pobreza de sus padres en una justificación automática para abandonarle.
Antes de llamarles simplemente «malos padres», quizá deberíamos hacernos una pregunta mucho más incómoda: Si hubiéramos nacido nosotros en esas mismas circunstancias y creyéramos que nuestro hijo tenía una única oportunidad de construir una vida mejor, ¿qué estaríamos dispuestos a hacer por él?
Porque quizá la verdadera pregunta no sea quién es un buen padre y quién es un mal padre. Quizá la pregunta sea qué clase de mundo estamos construyendo cuando un padre llega a pensar que para que su hijo tenga futuro tiene que separarse de él y dejarlo en manos de otro país. Podemos defender las fronteras, exigir que se cumplan las leyes y reclamar que Marruecos asuma sus responsabilidades. Pero podemos hacerlo sin dejar de ser humanos. Porque una frontera puede separar dos países. Lo que no debería separar nunca es nuestra capacidad de comprender el sufrimiento de un padre que, acertada o equivocadamente, cree estar buscando para su hijo una vida mejor.
