Opinión / José Gutiérrez, Pepe: cuando un sacerdote deja huella

Funcionario de carrera. Empresario. Exconcejal del Ayuntamiento de Lucena
08 de Septiembre de 2026
José Gutiérrez durante una celebración religiosa

Hay personas que pasan por nuestra vida y, cuando se marchan, dejan un vacío. Y hay otras que, además, dejan una huella. Pepe Gutiérrez pertenece, sin duda, a estas últimas.


Hoy Lucena despide a un sacerdote, pero quienes tuvimos la suerte de conocerlo despedimos algo más: a una persona cercana, culta, entrañable y profundamente vinculada a su ciudad y a sus gentes.


Tuve el honor de conocer a Pepe y de conversar con él. Y de esos encuentros queda, por encima de cualquier dato biográfico, el recuerdo de su carácter. Era un hombre con personalidad, con criterio propio, de esos que no necesitan levantar la voz para hacerse escuchar. Tenía esa mezcla tan poco frecuente de firmeza y humanidad que hacía posible hablar con él de religión, de Lucena, de sus tradiciones, de la Virgen de Araceli o simplemente de la vida.
Pepe entendía que ser sacerdote no consistía solamente en celebrar misa o administrar sacramentos. Había en él una manera de estar al lado de las personas, de escuchar, de conversar y de acompañar que explicaba el afecto que tantos lucentinos le profesaban.


También fue un hombre profundamente vinculado a la cultura y a las tradiciones de nuestra ciudad. No es casualidad que participara en encuentros y conferencias sobre figuras como José María Pemán y su relación con Lucena y con la Virgen de Araceli.  Su conocimiento y su amor por nuestras raíces formaban parte de esa personalidad que hacía de él alguien especialmente reconocible en la vida lucentina.


Pero hay algo que ninguna hemeroteca puede recoger: el Pepe que conocimos quienes tratamos con él. Ese es el Pepe que hoy recuerdo.
El hombre que tenía conversación. El sacerdote que sabía escuchar. El lucentino que quería a su pueblo. El creyente que vivía su fe con naturalidad. Y, sobre todo, la persona que dejaba en quienes hablaban con él la sensación de haber compartido un rato con alguien que merecía la pena.
A los 70 años, su muerte nos parece demasiado pronto. Porque cuando alguien forma parte de la memoria de una ciudad, su desaparición no es solamente una pérdida familiar o personal: también lo es para la comunidad a la que dedicó tantos años.


Hoy, ante su marcha, solo cabe agradecer.
Gracias, Pepe, por tu sacerdocio.
Gracias por tu entrega.
Gracias por tu conversación y por tu cercanía.
Gracias por haber formado parte de la historia cotidiana de Lucena.


Los que creemos en la vida eterna sabemos que la muerte no tiene la última palabra. Por eso hoy no quiero despedirte solamente con tristeza. Quiero imaginarte encontrándote con aquellos que te precedieron, bajo la mirada de la Virgen de Araceli a la que tanto quisiste, y escuchando esa palabra que para un hombre de fe resume toda una vida: Bienvenido a casa, Pepe.


Descansa en paz. Y gracias por la huella que dejas en Lucena y, también, en quienes tuvimos el privilegio de conocerte.

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